Consejos, recomendaciones, tips, reflexiones, opiniones y artículos relacionados a sexualidad humana. Todo lo debemos saber y seguir conociendo sobre nuestra sexualidad (la de nuestras parejas). Romper mitos y tabúes. Disfrutar de los placeres. Conocer más sobre las relaciones de género. Y todo con una mirada desde la psicologá clínica. Se desea que adolescentes y jóvenes puedan informarse sobre sexualidad con el derecho a que ellos y ellas decidan sobre sus vidas.

martes, 15 de abril de 2008

El Dilema del Prisionero


Por: Eduardo Abusada Franco

¿Derechos humanos?
El hecho de ser privado de la libertad no implica en ningún modo negar la condición de ser humano al prisionero. El Convenio Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos establece en su artículo 10 que, "Todas las personas privadas de su libertad serán tratadas con humanidad y con el respeto inherente a la dignidad de la persona humana".
Sin embargo, las condiciones evidentes de sobrepoblación provocan un hacinamiento en el que se hace imposible que los internos puedan vivir en condiciones dignas. La alimentación y atención médica escasean. En estas condiciones de vida, enfermedades como la disentería y la tuberculosis, así como el SIDA, se propagan rápidamente. Muchas de estas enfermedades son prevenibles, pero la administración penitenciaria no se da abasto. En Nairobi, Kenia, por ejemplo, mueren al año 100 prisioneros en espera de juicio, muchos a causa de desnutrición y asfixia.
No sólo las enfermedades causan muertes. La situación de Kenia se repite en nuestro continente, pero se agrava por los actos violentos cometidos tanto por los propios internos como por el personal que los resguarda. En Venezuela -donde la sobrepoblación llega hasta 400% en algunas prisiones-, en el año 1994 murieron 274 internos a manos de otros prisioneros.
En agosto de este año, al menos 30 presos murieron en Guatemala por enfrentamientos entre pandillas. Las bandas rivales conocidas como "Mara 18" y "Mara Salvatrucha" llevan a acabo una lucha sin cuartel, utilizando armas de fuego, granadas y machetes. La autoridad penitenciaria no puede controlar estos enfrentamientos. En setiembre del presente año, 12 menores resultaron heridos en el Centro Correccional para Menores "Los Gorriones", por batallas entre los "mareros".
En el año 2003, sólo en Buenos Aires murieron hasta 139 reclusos, además de haber 3,399 heridos. La cifra de los muertos seguirá creciendo no sólo por las enfermedades y enfrentamientos, sino también por los constantes suicidios sospechosos e incendios ocasionales. También se ha denunciado muchos casos de tortura por parte de las autoridades, quienes son permisivos con esta violencia entre los presos, e incluso también la provocan. Por ejemplo, en el primer semestre del 2004, la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires recibió 437 denuncias por casos de tortura cometidos contra menores internos. Desde el año 2000, se ha denunciado 3,914 casos ante esta misma corte.
Además de estos atropellos a los derechos humanos, cabe resaltar el auge de las prisiones privadas que está surgiendo en los Estados Unidos, donde hay 2 millones de reclusos (el 25% de todos los presos del mundo). En estos lugares, los prisioneros -en su mayoría negros y latinos- son obligados a trabajar por salarios ridículos que llegan en algunos casos hasta US$ 0.17 por hora. Las grandes corporaciones como IBM, Motorola, AT&T, Microsoft, Macy´s, Hewlett-Packard, etc., son asiduos clientes de esta mano de obra casi gratuita.
La ley de los sin ley
La ley oficial ha sido reemplazada por la ley de los presos. En el Penal de Lurigancho, en Perú, entre 1987 y 1992, la autoridad penitenciaria se retiró del interior del penal, resguardando sólo el perímetro. El establecimiento quedó abandonado a la ley del más fuerte. Es especialista en criminología y Capellán del penal, José Luis Pérez Guadalupe, se dedicó a investigar lo que pasaba dentro.
Pérez Guadalupe descubrió que los internos habían creado una compleja red de autogobierno, que retrataba básicamente las reglas del mundo del hampa fuera del penal. Esta misma situación se produce en las principales macro cárceles de Chile, Argentina, Bolivia y Brasil. Así, en el Perú son los "Taitas" quienes comandan las cárceles; en Chile, los jefes de "cuadrilla"; en Argentina, los dueños de "ranchada"; y en Brasil, los "malandros", reinan en la cárcel.
Como vemos, en toda América Latina, el personal penitenciario es insuficiente para controlar las cárceles. En Honduras, por ejemplo, hay 46.3 presos por cada funcionario. No sólo este es un problema, sino también el costo por recluso. En Brasil, el costo anual de manutención por cada interno es de US$ 4,400.
La solución no está en construir más cárceles ni endurecer las penas. Durante su campaña presidencial en Chile, el candidato de la derecha, Joaquín Lavín, quien trabajó para el régimen dictatorial del genocida ex General Augusto Pinochet, propuso construir una isla-cárcel al mejor estilo de Alcatraz. Propuestas como las de Lavín olvidan que no se trata de falta de vacantes en las cárceles, sino que están sobre pobladas por gente que ha cometido delitos menores, y de los que la gran mayoría no han sido siquiera sentenciados.
Así, en la provincia de Buenos Aires, el 89% de los detenidos está a al espera de sentencia. En la Unidad N°1 de Olmos, en el 2004, sólo el 3.9% había recibido sentencia. También en Lima, 7,905 están detenidos por tráfico ilícito de drogas y sólo 2,306 están sentenciados; mientras que 5,599 esperan ser procesados por un Poder Judicial que avanza con pies de plomo. La justicia no sólo es ciega -aunque parece ser que mira por un ojo-, sino también coja.
No se trata de meter a todos a la cárcel, hacer de los delincuentes menores cabezas de turco. Las cárceles son como universidades del hampa: Entran por un delito leve y se gradúan de delincuentes avezados. Si queremos combatir este asunto debemos asumir propuestas como la del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que se basan sobre una reforma social y estructural. Es decir, que hay que prevenir la criminalidad. ¿Cómo? Combatiendo la pobreza y los focos de violencia desde la edad infantil para que los jóvenes no opten por el camino delictivo, para que tengan otras alternativas laborales y económicas.

foto: rpp noticias

Piden sanción a futbolistas de San Martín: Mario Leguizamón y Roberto Silva



NOTA DE PRENSA

DEFENSORÍA DEL PUEBLO Y ORGANIZACIONES DE SOCIEDAD CIVIL
Piden sanción a futbolistas de San Martín



Defensoría del Pueblo y organizaciones de la sociedad civil, condenaron una vez más las agresiones verbales hechas por el futbolista uruguayo Mario Leguizamón , en contra de la árbitra de fútbol Silvia Reyes, miembro activo de la Asociación Profesional de Árbitros del Perú.

Mediante oficio enviado a Álvaro Barco, Gerente Deportivo del Club Universidad San Martín de Porres, la Adjunta para los Derechos de la Mujer de la Defensoría del Pueblo, Eugenia Fernán-Zegarra, expresó que tanto las declaraciones de Mario Leguizamón como las de Roberto Silva contienen un sentido sexista, denigrante y violento que contribuye a perpetuar la discriminación por razón de sexo en todas sus formas y espacios.

Por otro lado, una de estas organizaciones que se pronunció públicamente al respecto es el Instituto Peruano de Paternidad Responsable – INPPARES. Precisamente Fernando Cisneros, coordinador del Proyecto MACHO de la referida entidad, señaló que “es necesario condenar todo tipo de violencia ejercida por los hombres a las mujeres, en función que se asume que las mujeres son más débiles o menos inteligentes”.

Asimismo, Cisneros señaló a la Federación Peruana de Fútbol, la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional y la Agremiación de Futbolistas Profesionales; que las organizaciones miembros del comité del Proyecto MACHO, se mantendrán vigilantes ante situaciones similares, pues “rechazamos la discriminación de género en todos los espacios, en este caso en el fútbol, que por mucho tiempo fue un espacio exclusivamente para hombres. Promovemos la equidad de género y los derechos humanos de todos y todas”.

Jesús María, abril del 2008


Comité Técnico Interinstitucional del Proyecto MACHO

Los hombres tienen miedo de hacerse las pruebas necesarias


México DF, abril 9 de 2008 (Rocío Sánchez/NotieSe).- La incomodidad del examen de tacto rectal y el miedo a un diagnóstico desfavorable en las pruebas de sangre son los principales factores que impiden que los hombres estén al pendiente del cáncer de próstata. Por esto, la organización civil Conocer para Vivir lanzó la campaña “Lucha contra el cáncer de próstata. Los machos no temen”, cuyo vocero es el luchador Marco Corleone.

El objetivo principal es motivar, mediante la virilidad de un luchador, a los hombres de 45 años y más a que se realicen la prueba de sangre que mide el antígeno prostático. Para ello, Conocer para Vivir donará 100 pruebas a personas de escasos recursos y proveerá de información a la población general.

De acuerdo con cifras de la Secretaría de Salud, el cáncer de próstata es el segundo que más afecta a los hombres de 65 y más años de edad; según el Registro Histopatológico de Neoplasias Malignas, en 2001 fallecieron en México, cerca de once hombres por día, entre los 50 y 60 años de edad, a causa de este cáncer.

El estadounidense Marco Corleone, luchador del Consejo Mundial de Lucha Libre, se involucró en esta causa cumpliendo uno de sus “propósitos de año nuevo”, pues su madre murió de cáncer el año pasado. “Por eso, cada que pueda ayudar en esta causa, lo voy a hacer”.

Corleone, de dos metros de estatura y más de 120 kilos, reconoce que también él tiene miedo de las revisiones médicas y entiende que muchos hombres no quieran hacerse las pruebas necesarias porque temen que el resultado sea malo. “Siempre piensas lo peor, pero es importante porque si tienes cáncer es bueno que lo sepas más temprano”, comentó, en entrevista con NotieSe.

“Vencer el miedo es lo difícil, la prueba es más fácil”, dijo respecto a la medición del antígeno prostático, que solo requiere una pequeña muestra de sangre que se obtiene del brazo o de un dedo de la persona, y toma solo unos minutos. En caso de que el resultado sea elevado, será necesario hacer un tacto rectal para detectar cualquier anormalidad en el tamaño o forma de la próstata.

El luchador técnico adelantó que como parte de la campaña planea hacer presentaciones personales en centros comerciales, una conferencia y otras actividades que permitan difundir la información y alentar a los hombres a hacerse la prueba. “Esta campaña es para todos: primero información para todos, luego pruebas para muchas personas y después, a quienes ya tienen cáncer también podemos ayudarlos”.

Conocer para Vivir se formó como organización civil hace cuatro años y se dedica a brindar información y realizar actividades para mejorar la calidad de vida de las personas que viven con cáncer y sus familias, además de brindar asesoría médica, psicológica, tanatológica y legal.

Marco Corleone entiende la dificultad que enfrentan algunos hombres para superar el miedo. “Las mujeres por lo menos se lo pueden decir a una amiga, pero los hombres siempre hacemos como que somos muy fuertes y como que nada nos da miedo”. No obstante, ve como una oportunidad el acudir al médico para anticipar el cáncer de próstata, ya que después es probable que se tenga menos temor de ocuparse de otros aspectos de la salud.

Para más información sobre la campaña “Lucha contra el cáncer de próstata” u otras de las actividades de Conocer para Vivir, está disponible la página web http://www.conocerparavivir.com/.

lunes, 10 de marzo de 2008

SEXUALIDAD MASCULINA, EL DESEO ESCINDIDO


Por Ivonne Szasz

Profesora de El Colegio de México
Hasta antes de los años ochenta, en los que se inició el desarrollo de los estudios de género, el pensamiento feminista definía la sexualidad masculina como agresiva, codificadora de las mujeres, dominadora y opresiva, considerando a las mujeres como víctimas y objetos de esta sexualidad masculina. Destacaba la presencia de un doble estándar de moral sexual, que estimula en los varones la actividad, la diversidad de parejas y de experiencias y la expresión pública de su iniciativa sexual, mientras exige a las mujeres la conducta contraria.1
El desarrollo de los estudios de género, y en particular de los estudios de masculinidad, ha permitido pensar que existe una permanente tensión y confusión en los varones entre sus deseos sexuales y los operativos de dominación, que generan fantasías y formas de conducta opresivas para las mujeres.1
Aunque las definiciones de masculinidad cambian constantemente de una cultura a otra, en el tiempo y según clases, razas, etnias, preferencias sexuales y etapas en la trayectoria de vida, los hombres de diversas culturas tienen en común la necesidad de demostrar permanentemente su virilidad.2 De esta manera, lo que una cultura define como el comportamiento sexual apropiado para los varones requiere ser usado para demostrar su virilidad, independientemente de sus deseos y preferencias, en una permanente tensión entre el deseo de placer y el de poder.

Imagen, conquista y rendimiento sexual
Seidler se refiere a tensiones entre los deseos de los varones y la construcción occidental de la masculinidad, que se expresan en su sexualidad. Junto con la noción de la sexualidad, como una "necesidad irresistible", que es expresión de la "naturaleza animal" de los humanos, la modernidad occidental protestante proclama el dualismo cartesiano entre mente y cuerpo e identifica la masculinidad con la racionalidad, situando al cuerpo como una entidad separada, que necesita ser controlada por la mente, entrenada y disciplinada.3
Al mismo tiempo, los varones insertos en esta masculinidad dominante crecen con la idea de la sexualidad en términos de conquista y rendimiento, como una manera de probar su masculinidad frente a los pares, y no en relación con sus deseos y emociones. De esta manera, los varones se sienten acosados por el temor a la intimidad y el temor al rechazo y tienden a separar la sexualidad del contacto y las emociones.3
El aprendizaje del autocontrol racional de sus emociones y sentimientos, aparece como necesario para alcanzar la autonomía e independencia que requiere el ser masculino. Puesto que la razón se sitúa en oposición a la naturaleza, y la sexualidad se piensa como parte de esa naturaleza, la superioridad masculina se construye controlando la propia sexualidad. En esta construcción de la masculinidad, las mujeres son identificadas con lo irracional --las emociones, la sexualidad, la naturaleza-- pero al mismo tiempo se niega la autonomía de sus propios deseos sexuales. Son objeto del deseo masculino, provocadoras de su descontrol, responsables de la excitación masculina.3
Para demostrarse a sí mismos y a sus iguales que son hombres, los varones usan el lenguaje para defender su imagen y no para expresar sus necesidades emocionales, de esta manera, les resulta difícil conciliar la manera de comportarse con otros varones y la forma de relacionarse íntimamente con una mujer. Sienten que hablar de sexo es la manera más segura de matar sus sentimientos, están poco dispuestos a hablar de sus necesidades y vulnerabilidades. La ruptura entre sexo e intimidad, y la relación externa y posesiva de la mente con el propio cuerpo, convierte al sexo en un asunto de rendimiento. La inestabilidad de la identidad masculina, la necesidad permanente de demostrar y afirmar que se es hombre, genera una presión interna hacia las relaciones sexuales --independientemente de un reconocimiento íntimo de deseos-- y transforma el rendimiento sexual en una meta, un medio para demostrar y afirmar masculinidades.3

Deseo y poder
Horowitz y Kaufman proponen que la sexualidad masculina debe ser interpretada en el contexto de una sociedad clasista que reprime la polisexualidad y sobrepone la masculinidad y la feminidad al dualismo actividad/pasividad. Refiriéndose a las sociedades capitalistas, proponen que independientemente de las diferencias culturales, de clase, étnicas y generacionales, la mayoría de los hombres, en estas sociedades, tienen sentimientos confusos respecto de su sexualidad, sintiéndose atrapados entre sus deseos sexuales y las necesidades de afirmación de la masculinidad, que encierran fantasías y formas de conducta agresivas y posesivas.1
Apoyándose en el constructivismo social y el psicoanálisis, estos autores señalan a la sexualidad como un sistema socialmente construido de conflicto y tensión interna. Una de las principales tensiones presentes en la sexualidad masculina es la imposibilidad de abrigar simultáneamente deseos activos y pasivos sin que esto genere conflicto y temor. Los autores sitúan esos temores en sociedades que atribuyen un valor simbólico de actividad y poder a los genitales masculinos.
Independientemente de las relaciones entre las personas, es el conjunto de instituciones, de normas sobre la familia y el parentesco, es toda una cultura lo que enseña que ser hombre equivale a ser activo, agresivo, extrovertido, ambicioso, independiente. Oposiciones binarias tales como sujeto/objeto, actividad/pasividad, y nociones de causa y efecto se sitúan en la estructura básica de las lenguas indoeuropeas de las sociedades modernas. En ellas, la construcción social de la sexualidad reprime y suprime una amplia gama de placeres sexuales en la medida que se interiorizan las divisiones básicas de esa sociedad: masculino versus femenino, activo versus pasivo, sujeto versus objeto, normal versus anormal, clases dominantes versus clases dominadas, humano versus naturaleza.1,4
Una de esas superposiciones consiste en el proceso de codificación sexual, o reducción de las mujeres a sus cuerpos como objetos del deseo sexual masculino, así como la concentración de lo sexual en ciertas partes del cuerpo y la reducción del cuerpo de las mujeres a una de dos "funciones" posibles: reproductiva o erótica.1
Mediante este proceso, la polisexualidad se reduce a la heterosexualidad como norma y a la sexualidad genital. La masculinidad-agresión y la feminidad-pasividad se sobreponen a la división natural de los sexos. Para ser hombre se requiere dominar a la naturaleza (la sexualidad), a las mujeres y a la pasividad. Junto con la represión de la polisexualidad y la tendencia inconsciente a que el cuerpo y partes del cuerpo representen a la persona objeto del deseo, fragmentando a esa persona en partes y procesos componentes, se agrega la definición social de las mujeres en relación con ciertos atributos físicos, que son objeto de deseo sexual.1

Afirmación masculina, búsqueda incesante
Otra supresión consiste en la represión de la pasividad en los hombres, que conlleva la represión de la ternura y la receptividad masculina, así como la represión de la actividad sexual en las mujeres. "La estructura de la masculinidad es inseparable de una feminidad proyectada, adorada, despreciada y temida que existe como su opuesto.1 " La masculinidad, como objeto escurridizo e inalcanzable, se confirma teniendo como reflejo opuesto a una feminidad dominada. Y la confirmación de la masculinidad, en una sociedad basada en el género, confirma la hombría.1
El comportamiento sexual activo frente a mujeres sexualmente pasivas, así como una atracción intensa y permanente hacia las mujeres, confirman esa hombría. El varón requiere apropiarse del cuerpo de la mujer y también de su deseo y actividad. La búsqueda sexual no es solamente una búsqueda de placer, sino un intento de colmar ansiedades, de aumentar la autoestima, de confirmar la masculinidad.1

Referencias
1. Horowitz, G. y Kaufman, M. 1989. "Sexualidad masculina: hacia una teoría de liberación". En: Kaufman, M. Hombres: placer, poder y cambio. CIDAF. Rep. Dominicana.
2. Kimmel, M. 1992. La producción teórica sobre la masculinidad: nuevos aportes. ISIS Internacional. Santiago de Chile. Ediciones de las mujeres. Núm. 17.
3. Seidler, V. 1995. Los hombres heterosexuales y su vida emocional. México. Debate feminista. Año 6, Vol. 11 (abril).
4. Lamas, M. 1994. "Sexualidad y género: la voluntad de saber feminista". Ponencia presentada en el taller "La sexualidad en las ciencias". El Colegio de México.
Fuente: Letra S, 5 de diciembre de 1996
http://www.europrofem.org/contri/2_05_es/es-sex/24es_sex.htm

viernes, 7 de marzo de 2008

Los hombres que lavan los platos tienen una mejor vida sexual



Según estudio de universidad estadounidense, compartir las tareas en el hogar hace al marido sexualmente más atractivo.
Los hombres que comparten las tareas del hogar mejoran la armonía en la pareja y podrían tener una vida sexual más satisfactoria, según un estudio estadounidense publicado el jueves.
"En general, cuanto más tareas domésticas hacen los hombres, más felices están las mujeres", explicó a la AFP Scott Coltrane, sociólogo de la universidad de Riverside en California (oeste) y coautor del estudio, del cual se publicó un resumen en el sitio web de la organización Council of Contemporary Families (CCF).
"Cuando los hombres hacen más tareas en el hogar, la percepción de las mujeres sobre la equidad y la satisfacción matrimonial aumentan, y la pareja atraviesa menos conflictos", señaló el informe.
"Los sociólogos en general no nos ocupamos de esto, pero los terapeutas dicen que existe una correlación directa" entre el hecho de que los hombres realicen más trabajo en la casa y la frecuencia de los encuentros sexuales, indicó Coltrane.
Joshua Coleman, psicólogo miembro del CCF, confirmó en un comentario publicado en el sitio que el hecho de compartir las tareas del hogar "está asociado con un nivel más elevado de satisfacción matrimonial" y "a veces más relaciones sexuales también".
"Las mujeres dicen sentir más atracción sexual y más afecto hacia sus maridos si participan de las tareas del hogar", explicó Coleman.
Pero, advirtió, pasar más tiempo ocupándose de los niños puede por el contrario afectar la intimidad de la pareja, dado que "muchas parejas aumentaron el tiempo pasado con sus hijos eliminando o reduciendo considerablemente los momentos románticos", indicó Coleman.
El estudio será presentado en la conferencia anual del CCF el próximo mes en Chicago (Illinois, norte).
Fuente: AFP

http://www.peru21.com/p21online/Html/2008-03-07/onp2portada0862882.html


Fotografía: http://www.lasdivascubanas.com/images/JavierLavandoPlatos.jpg

jueves, 7 de febrero de 2008

Sobre hombres, masculinidades y superhéroes

“Los dos contenedores se quitan la camisa.
Colorete, orgulloso, exhibe su pecho moreno y musculoso; Cara de Ángel, pálido y delgado, se avergüenza”
Oswaldo Reynoso – “Los inocentes”



Este ensayo trata de llevar a la reflexión sobre los procesos de construcción de la identidad de género masculina en nuestra cultura. Las diferentes exigencias que la sociedad plantea a los hombres para que puedan ser considerados como “verdaderos hombres”.

Freud en 1930 (Burin & Meler, 2000), consideraba que la cultura es una creación predominantemente masculina; y que la mayor parte de las mujeres de su tiempo no habían alcanzado un desarrollo subjetivo como para contribuir a la producción cultural. Para nadie es un secreto que nacemos en una cultura específica y pre-establecida, y que la continuidad de todas la culturas dependen de la presencia viva de por lo menos tres generaciones (Mead, 1970).
Nos encontramos en una sociedad patriarcal; es decir, en un patriarcado, donde los padres- hombres son los que dominan sobre la mujer, siendo este un sistema de organización social en el que los lugares claves del poder (político, económico, religioso y militar) se encuentran exclusiva o mayoritariamente, en mano de los hombres. Ateniéndose a esta caracterización, Puleo (2006); ha concluido que todas las sociedades humanas conocidas, del pasado y del presente, son patriarcales. Se trata de una organización histórica de gran antigüedad que llega hasta nuestros días y que sobre la base de este patriarcado es que se empiezan a construir las diversas relaciones de género. Sin embargo, Badinter (1993) agrega que es importante señalar –diferenciando a la ideología patriarcal- que los primeros referentes de la humanidad no son los hombres, sino las mujeres, ya que los hombres se definen con respecto y por oposición a ellas. Es por ello que se puede agregar que el patriarcado no siempre consigue que los hombres sean muy diferentes de las mujeres o viceversa (Marqués, 1997).
La sociedad patriarcal construye a varones y mujeres a partir de la identificación de su sexo. No logra la reducción de las personas a dos únicos modelos: varón y mujer, pero las trata como si lo hubiese conseguido y evita que unos y otras sean conscientes de sus similitudes (Marqués, 1997)
Las dinámicas de poder se han venido estableciendo de tal modo que dan una clara sensación de naturalidad en el funcionamiento de las cosas; pues se crece en una sociedad donde se va aprendiendo que es más importante ser hombre que ser mujer, o que es un mayor privilegio el haber nacido hombre que mujer, pues al nacer hombres en una sociedad patriarcal se está naciendo bajo una cultura que otorga diferencias de superioridad y poder ante el otro sexo, al cual lo presentan como inferior o más débil. Bajo este sello, se va construyendo el concepto de “hombre”, donde no solamente involucra al sexo del varón, al sexo macho o masculino (cualquiera de sus variantes es parte de una construcción socio-cultural), sino que “hombre” involucra también al concepto de humanidad, de “el ser humano”, y con ello las derivaciones de “el individuo”, “lo normal” (Badinter, 1993). Y el concepto de mujer, se va construyendo como lo opuesto al de hombre, es decir, “la acompañante” desde un concepto mítico-religioso y judeo-cristiano; en contraposición al hombre como “la no normal”, “la otra” (Badinter, 1993). Las construcciones sociales y dinámicas de poder obligan a los hombres y las mujeres a mantenerse como opuestos y diferentes.
Estas diferencias de género empiezan con las diferencias corporales, y por ende del sexo con el cual se nace. Sobre la base de una diferencia corporal se genera diferencia de actitudes y acciones, y diferencia de identidades. Se le comienza a atribuir lo relativo al género. El hombre es lo masculino (lo no femenino) y la mujer es lo femenino (lo no masculino). Tal como señala Badinter (1993), el “ser hombre” implica un trabajo, un esfuerzo, cosa que no suceda con la mujer, pues actuamos sin tener plena conciencia de ello como su la feminidad fuera algo natural e ineluctable y la masculinidad debiera adquirirse
Se puede ir viendo que el hombre es el que tiene el poder, en lo socialmente referido (político, económico, religioso y militar) y la mujer es la que no tiene el poder. Un hombre comienza a ser una construcción patriarcal que existe obligatoriamente para mantener el dominio masculino en la sociedad. Sus masculinidades son obligatorias.
Las identidades de género existen para definirnos en relación con los demás. Nos centraremos en la diferencia hombre y mujer como opuestos, dejamos de lado por un momento las demás construcciones de género. La diferencia entre un hombre y una mujer debe basarse en sus identidades. Ser masculino es lo que un hombre debe ser para establecer su posición en la sociedad y diferenciarse de los no-masculinos (mujeres y hombres no masculinos). La masculinidad no existe sin la feminidad, son opuestos. (Olavarría & Valdés, 1998)
Las masculinidades se construyen según las relaciones entre hombres y con las mujeres: Las relaciones con las mujeres son de compañía, oposición y dominio. Las relaciones con hombres son de complicidad, reconocimiento y competencia.
Existen diferentes masculinidades. Cada sociedad contribuye a la construcción de masculinidades particulares (Badinter, 1993; Olavarría & Valdés, 1998; Fuller, 2001). Las masculinidades son más que una cuestión de género, son (como el hombre) una construcción cultural. Dependen de varios factores como: la raza, el grupo étnico, la clase social, la religión, las instituciones presentes y demás categorías en una sociedad. Las masculinidades van cambiando
La construcción de masculinidades empieza con la propia identificación de las características naturales y similitud con el resto de los hombres. La tenencia del cuerpo masculino define la obligatoria homogeneidad con uno de los sexos y como consecuencia con la obligatoria identidad de género masculino. Un hombre se compara con sus referencias sociales: los hombres a su alrededor. Ellos no sólo serán un ejemplo, pero la regla de cómo un hombre debe verse, comportarse y como debe demostrar sus masculinidades. La imagen del padre (o de la figura masculina más cercana) constituirá el prototipo de hombre que los niños deben llegar a ser. (Olavarría & Valdés, 1998)
Los niños primero identificarán sus cuerpos con los cuerpos masculinos y así su pertenencia al mundo masculino, y su necesidad de convertirse y adoptar las actitudes de estos otros cuerpos masculinos. Entonces, es necesario ver cómo es el cuerpo masculino, y vemos que su principal característica es la fuerza física y los músculos. Más fuerte que las mujeres, los niños y las niñas. El hombre se percibe como físicamente más poderoso que los anteriores. Fuller (2001) menciona dos elementos básicos del cuerpo: apariencia y materia. La materia del cuerpo masculino formada por los órganos sexuales (representados por el pene) y la fuerza. Un hombre por tener un cuerpo masculino (definido por el pene) debe ser “naturalmente” fuerte y además tener la posibilidad de controlar más situaciones por medio de esta fuerza. Un hombre debido a sus características físicas se vuelve culturalmente (y cree que es) más “poderoso” y superior, que puede controlar cosas. De ahí la creencia necesaria de que el hombre no se enferma. Esto genera que sus masculinidades estén basadas en actitudes de dominio y autoritarismo. Convertirse en un ser masculino se entiende como una característica obligatoria y natural para los hombres. La construcción de masculinidades específicas es un requisito para ser aceptado en el grupo superior masculino y convertirse en un “verdadero hombre”.
Según la Sociedad Limeña, convertirse en un “verdadero hombre” es un proceso a lo largo y durante la vida de un hombre. Hay que alcanzar ciertos niveles de masculinidad para ser considerado un “verdadero hombre” y ser aceptado por la sociedad. Del Castillo (2001), no se equivoca al señalar que en todo salón de clases hay un “lorna” y un “maricón”. Dos características principales están relacionadas con la “fuerza natural” de los hombres: la virilidad y la hombría. Virilidad está relacionada con los órganos sexuales, el “performance” sexual y la capacidad para atraer mujeres. Por lo tanto, con el cuerpo musculoso y los rasgos atléticos. Vinculada al deporte, y a las habilidades físicas. Además del interés “natural” por las mujeres. Hombría se vincula con la vitalidad (capacidad para trabajar), el respeto por parte de los demás, la fuerza y el coraje (valentía). La virilidad y la hombría constituyen características “naturales” de los hombres que los hacen también “invencibles” e “intocables”. A parte de las características naturales de un hombre hay requerimientos culturales. Ser un “verdadero hombre” significa ser reconocido socialmente como tal, ganarse el respeto y aceptación de los pares y la sociedad en general. Los niños dejan de ser niños o adolescentes y se convierten en “hombres” cuando ganan este respeto y además se hacen responsables de sí mismos y de alguien más. Convertirse en verdadero hombre significa alcanzar el nivel de éxito personal, que significa: casarse, tener hijos y convertirse en proveedor (de alguien, de la familia).
Siguiendo el arquetipo del “verdadero hombre” y los conceptos de superioridad y dinámicas de poder patriarcales, los hombres (como seres masculinos) deben “supuestamente” proteger a los inferiores seres no masculinos. Llegándose a entender que “la mujer necesita ser protegida por el hombre”, siendo un ejemplo cotidiano: no se le pega a las niñas, las mujeres no pueden cargar cosas pesadas, las mujeres no pueden caminar solas por la calle en la noche. Convertirse en el “protector” refuerza la idea de ser parte del grupo privilegiado masculino. Un “verdadero hombre” debe tener “dependientes”, debe ser capaz de “proteger” a alguien de alguna manera, por ejemplo: hijos, esposa, enamorada, madre, empleados, personas con menos capacidad económica, etc. atribuyéndose como rol protector máximo el “ser padre”. Si todavía no se es padre, se debe alcanzar el éxito personal y convertirse en “verdadero hombre” (por las masculinidades aprendidas)…llegar a proteger a alguien.
La sociedad exige demostrar los niveles de masculinidad. Los pares exigen demostrar el nivel (propio) de masculinidad. Las relaciones entre hombres mantienen la existencia de las masculinidades exigiéndose unos a otros. Las mujeres (también como productos culturales) exigen la presencia y perpetuación de las masculinidades (Fuller, 2001). La sociedad patriarcal le otorga a los hombres privilegio y poder, y los coloca en una posición superior, sin embargo, estas ventajas fabricadas vienen con opresión, presión social y hasta sufrimiento. El que convertirse en “verdaderos hombres”, y cumplir con todo lo que dice la sociedad y ser aceptados, ser exitosos. Las masculinidades son impuestas a los hombres. Son castigados si no las alcanzan. Los hombres como “protectores” y superiores manejan las instituciones de la sociedad (iglesia, el estado, los negocios, la educación, la ciencia y los hogares). La sociedad les exige mantener el “status quo” y sus posiciones como líderes, mantener su dominio patriarcal. Ellos deben “generar” masculinidades y pasar el conocimiento, ser ejemplo de otros hombres, como lo señala también Mead (1970), porque “así son las cosas”.
Todo se convierte en círculo vicioso creado y mantenido por la misma cultura a través de las masculinidades como procesos obligatorios. Sin embargo, como señala Mariella Cruzado (2007) no deja de exigir la necesidad de “un verdadero hombre”, el cual debe ser: fuerte, poderoso, dominante, heterosexual (le atraen las mujeres), viril, valiente, socialmente reconocido por sus pares y la sociedad, proveedor, estar casado, tener hijos o hijas, ser el protector de quienes lo necesitan (los menos poderosos, los no masculinos, los no privilegiados), exitoso y respetado. Es decir, ¿un superhéroe? Qué difícil es ser hombre en una sociedad como la nuestra, donde los hombres mismos exigen características que los mismos hombres no pueden cumplir.
Es importante poder reflexionar sobre las diferentes propuestas de las masculinidades viendo al hombre no solamente como un sujeto político, sino también como lo esperado que se cumpla en nuestra sociedad.
La reflexión queda puesta, y el debate de igual forma.

Bibliografía

Badinter, E. (1993) XY, la identidad masculina. Santa Fe de Bogotá: Grupo Editorial Norma
Cruzado, M. (2007) Abou t Men, Superhe roes and Such: The Construction of Masculinities in the Upper-middle Class in Lima. Tesis de Maestría: University for Peace, Department for Gender and Peace Studies. Costa Rica
Del Castillo, D. (2001) Los fantasmas de la masculinidad. En Estudios culturales, discursos, poderes y pulsiones. Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú
Fuller, N. (2001) Masculinidades cambios y permanencias. Lima: Fondo Editorial PUCP
Marqués, J. (1997) Varón y patriarcado. En Masculinidad/es poder y crisis. Ediciones de las mujeres Nº 24. Santiago: Isis internacional
Mead, M. (1970) Cultura y compromiso. Estudio sobre la ruptura generacional. Buenos Aires: Granica, 1971
Meler, I. (2000) Creación cultural y masculinidad. En Varones: género y subjetividad masculina. Buenos Aires: Paidós
Olavarría, J. & Teresa Valdés (1998) Ser hombre en Santiago de Chile: A pesar de todo, un mismo modelo. En Masculinidades y equidad de género en América Latina. Santiago: FLACSO
Puleo, A. (2006) El patriarcado: ¿una organización social superada? En El periódico feminista. http://www.mujeresenred.net/

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miércoles, 26 de diciembre de 2007

Desmitificación del héroe


Como lo señalan Campbell en "El héroe de las mil caras" y Riso en "Intimidades masculinas", la aventura del hombre como héroe aparece una y varias veces en leyendas, mitos, tradiciones y rituales de todos los pueblos y comunidades del mundo: mitos polinésicos y griegos, leyendas africanas, cuentos de hadas celtas, ritos andinos y en la mayoría de los simbolismos religiosos. Siempre, de una u otra manera, el peso de la figura heroica está presente en la cultura y en las enseñanzas que toda cultura trae. Aunque muchos padres hagan lo posible por no seguir la tradición, la aspiración a ser un héroe (o superhéroe) se cuela, evidente o no, en las formas más modernas de entretenimiento infantil y adulto. Las legiones de superhéroes, escritas o de serie de video, invaden el mercado creando valores que recuerdan las situaciones épicas más famosas, obviamente más modernas y de forma doméstica. Cuando un niño juega y fantasea con una espada o una capa, cuando tiene en sus manos algún muñeco o imita a algún personaje de caricatura o televisión, está trayendo de la fantasía a su mundo real a un héroe o superhéroe: el camino y la fórmula para ir a enfrentarse con fuerzas fabulosas y regresar triunfante. No importa si se trata de dragones, monstruos, gnomos, duendes malvados, o alguna guerra histórica. Desde Aquiles, Odiseo (Ulises), Eneas, Hércules, Simbad, El Rey Arturo, Robin Hood, Dartagnan, el Llanero Solitario, Spiderman, Superman, Robotec, Gokú, o Terminator, la morfología de las grandes gestas contiene riesgo, espíritu de aventura, autodeterminación, valentía sin límites, habilidades deslumbrantes y, claro, desprendimiento de la propia vida; además, los héroes no conocen el fracaso y casi siempre son hombres.
Riso (2006), señala que no es fácil para un niño renunciar a ser "adalid", si la esperanza de la familia y la humanidad, tal como muestra la antropología del mito, añora y repite sistemáticamente la misma historia secular de proezas. Quizas, la propia estructura incosciente masculina es la que posea implícita la sentencia de buscar satisfacer los sueños de grandeza de una sociedad perturbada, que pretende redimirse a sí misma. Parecería que los héroes hacen falta.
Para muchos hombres, el antihéroe es el preferido. Las ventajas saltan inmediatamente: El antihéroe no debe iniciar ninguna partida (no hay gestas en tierras lejanas), no hay pruebas que pasar (no se necesitan victorias o iniciaciones), y no hay retorno triunfante (no hay nada conquistado). El antihéroe rompe el mito y destroza la propia y asfixiante demanda fantástica de la tradición patriarcal. El antihéroe no quiere doncellas, ni corceles, ni rescatar a nadie; tampoco añora el peligro para ponerse a prueba, ya que no hay nada que probar; se niega a la demencia brutal del típico combatiente, y no ve a la mujer como una tentación que debe evitar para llevar a feliz término su gesta ególatra. El antihéroe no quiere ser santo, redentor, emperador, ni dueño de ningún reino. El antihéroe quiere abrazar en silencio, dormir en calma, amar intensamente y ¿por qué no?, ser rescatado por alguna heroína valiente y osada, de esas que no aparecen en los cuentos ni leyendas.

Basado en "Initimidades masculinas" de Walter Riso

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Psicólogo clínico. Orientador en salud sexual y reproductiva. Especializado en temas de sexualidad humana. Expositor, conferencista y facilitador de talleres en temas afines. Miembro de la Red Peruana de Masculinidades. Psicoterapeuta de adolescentes, jóvenes, adultos y parejas.